dijous, 26 de gener del 2012

Circo y fieras en la Roma antigua

Uno de los espectáculos más populares fue en el Imperio Romano el acoso de fieras,
celebradas generalmente en los anfiteatros. En origen estos espectáculos, como los
juegos olímpicos, némeos, píticos e ísmicos y las representaciones teatrales en Grecia, o
los combates de gladiadores y carreras de carros en Roma, eran rituales religiosos en
honor de los dioses o de los difuntos importantes; con el tiempo, estos rituales se degradaron
y se convirtieron en juegos o en deportes. Todavía, a finales del Mundo Antiguo,
en las representaciones de carreras de caballos o de luchas de fieras no es raro que una
imagen de Cibeles presida los juegos. El más antiguo espectáculo de lucha de fieras de
que hay noticia en Roma data del año 186 a. C. y tuvo lugar unos 80 años antes de que
se introdujeran los combates de gladiadores. La afición por este espectáculo sangriento
pervivió por lo menos hasta el s. VI. En el año 469 los emperadores León y Artemio
prohibieron que se celebrasen en domingo. En el año 536 el emperador bizantino Justiniano
decretó que los cónsules debían ofrecer al pueblo acosos de fieras. Este espectáculo
era variado en su composición; unas veces se exhibían sólo fieras, otras luchaban
éstas entre sí, y frecuentemente con hombres; se simulaban también en el anfiteatro auténticas
cacerías de animales salvajes. Los que luchaban con las fieras se llamaban bestiarios;
unas veces eran contratados, otras se obligaba a combatir a criminales o a prisioneros
de guerra. Autores de los s. II y III, como los escritores cristianos Tertuliano y
San Cipriano y el jurista Ulpiano, nos informan de que también se ofrecían voluntarios
para luchar con las fieras, que tenían a gala el participar sin recibir soldada, incluso algún
emperador para demostrar en público su valor no tuvo inconveniente en descender a
la arena y matar con su propia mano las fieras. El historiador Dión Casio cuenta que
Cómodo (180-193) mató en un solo día cinco hipopótamos, y en varios una jirafa, dos
elefantes y algunos rinocerontes.
Existían grupos o familias de bestiarios, que se adiestraban, como los gladiadores,
en escuelas especiales; una de estas escuelas fue creada por el emperador Domiciano a
finales del s. I. Generalmente este espectáculo se celebraba en el anfiteatro; en el de
Mérida se conservan todavía las habitaciones de las fieras con unas ventanucas para
alimentarlas. Las primeras fieras que se vieron en Roma procedían de África, donde
Cartago, la gran metrópoli mercantil, había sido arrasada en el año 146 a. C. El historiador
contemporáneo de Augusto, Tito Livio, recoge la noticia de que en un espectáculo
de fieras celebrado en Roma en el año 169 a. C. y organizado por los ediles P.
Léntulo y Escipión Násica, se exhibieron 63 fieras africanas (panteras, leopardos y hienas, 40 osos y elefantes). Por estas fechas, se presentaban a veces sólo animales inofensivos,
pues en los juegos organizados para festejar a la diosa Flora sólo participaron esta
clase de animales. El comediógrafo Plauto vio en su tiempo avestruces. Además de estas
fieras importadas, se sacaban a la arena animales traídos de distintas regiones de
Italia, de los montes Apeninos, de Lucania y Apulia, como osos, jabalíes, corzos, ciervos
y liebres.
Los acosos de fieras cobraron cada vez más importancia ya a finales de la
República Romana y se vieron en Roma animales nunca antes vistos. En el año 58 a. C.
en las fiestas organizadas por Escauro se exhibieron un cocodrilo y un hipopótamo.
Pompeyo, con ocasión de los espectáculos venatorios, celebrados con motivo de la
consagración de su teatro, presentó al público un rinoceronte, unos monos africanos
desconocidos y un lince de la Galia (Francia). En las cacerías preparadas por César en el
año 74 a. C. el pueblo romano vio por vez primera una jirafa y en el año 11 a. C. un tigre.
Asombra la variedad de fieras que participaban en estas dos exhibiciones o luchas,
pero lo que más llama la atención es la abundancia de animales de una sola especie que
se presentaban al público, que indica un gran comercio de fieras perfectamente organizado
y muy rentable desde los países de origen hasta el anfiteatro de Roma. El cazador
era propietario de los animales cazados por él, fuese en terrenos propios o ajenos. Sin
embargo, las cacerías de elefantes sólo se podían organizar con autorización del emperador.
La posesión de esta fiera era un privilegio exclusivo del emperador. Los emperadores
también se reservaron el privilegio de cazar leones o de autorizar su captura. El
transporte de las fieras se hacía generalmente por mar. Está bien representado en algunos
de los soberbios mosaicos de Piazza Armerina, Sicilia (300-360). Los convoyes tardaban
varios meses en llegar y frecuentemente perecían las fieras en el viaje. Del edicto,
dado por los emperadores Honorio y Teodosio, del año 417, se desprende que los municipios
por donde pasasen tenían la obligación de alimentar las fieras, lo que motivaba
abusos sin cuento. En Hierápolis, capital de la provincia romana del río Éufrates, una
vez se detuvo un convoy 3 o 4 meses en vez de una semana; por este motivo los citados
emperadores legislaron que no se podían detener más de 7 días en la misma ciudad.
En los citados juegos pagados por Pompeyo intervinieron 18 o 20 elefantes, 500 o
600 leones y 410 fieras africanas de otras especies; y en los de César 400 leones y 40
elefantes. Los datos que conservamos de época imperial indican que las luchas de fieras
gozaron cada vez de más aceptación y de que los emperadores para congraciarse con el
pueblo de Roma y apartar su atención de los problemas acuciantes de la vida ordinaria
no escatimaban dinero en gastos. Augusto dio en su vida 26 juegos organizados por él, y
se sacrificaron 3.500 fieras de África, que era la principal abastecedora de los animales
salvajes. El emperador Tito, en el año 80, montó unas fiestas que duraban 100 días para
celebrar la consagración del anfiteatro Flavio, que tenía cabida para 40.000 o 45.000
espectadores; en un solo día se presentaron 5.000 fieras y durante estas fiestas se mataron
9.000 animales. Trajano, en el año 107, celebró el triunfo sobre Dacia, la actual
Rumania, con unas fiestas que duraron 4 meses, en las que intervinieron 11.000 fieras
que lucharon contra 10.000 hombres.
Roma llevó a las provincias el gusto por este espectáculo. El gaditano Columela, a
comienzos del Imperio, alude a fieras africanas traídas a la Bética, la actual Andalucía,
para que participasen en los juegos del anfiteatro. Los zoos de Roma estaban llenos
siempre de fieras, que en cualquier momento podían intervenir en los anfiteatros. Nerón
(54-68), en el gran palacio llamado la Domus Aurea, que construyó en Roma, al decir
del historiador Suetonio, tenía "bosques con una multitud abigarrada de animales domésticos
y salvajes de todas clases". En tiempo de Gordiano III, hacia el año 235, había
en Roma, según la Historia Augusta, obra de finales del s. IV, 32 elefantes, 10 alces, 10
tigres, 60 leones domesticados, 30 leopardos domesticados, 10 hienas, 6 hipopótamos, 1
rinoceronte, 10 leones salvajes, 10 jirafas, 20 onagros, 40 caballos salvajes e innumerables
y divertidísimos animales, fieras todas, que fueron presentadas en la arena con ocasión
de celebrar Filipo el Árabe el milenario de la fundación de Roma, celebrado en el
año 248. Para el mantenimiento de todas estas fieras se necesitaba un numeroso personal
administrativo y la inversión de cuantiosas sumas de dinero. Calígula (37-41), en
una época en que la carne había alcanzado un precio alto, alimentaba a las fieras con
carne humana de criminales. Aureliano regaló las fieras que participaron en su triunfo,
para no gravar el fisco, lo que indica que de los fondos públicos se sostenían los animales
y que su mantenimiento era costoso. Un procurador administraba los fondos especiales
destinados al sostenimiento de los elefantes.
En los anfiteatros no sólo se exhibían fieras, luchaban éstas unas contra otras o
contra hombres, sino que también se simulaban auténticas cacerías; la mejor conocida
está descrita en la citada Historia Augusta, con ocasión de las fiestas organizadas por el
emperador Probo; dice así: "El espectáculo se dispuso como sigue: grandes árboles,
arrancados con sus raíces por los soldados, se colocaban sobre una plataforma de madera
de gran extensión que se había recubierto de tierra. De esta manera, todo el circo,
plantado de modo semejante a un bosque, pareció florecer con la frescura de las hojas
verdes. En seguida soltaron por todos los caminos mil avestruces, mil ciervos, mil jabalíes,
mil gamos, mil gamuzas, mil cabritillos salvajes y otros animales herbívoros en
tanta cantidad cuanto les fue dado alimentar y encontrar. Hecho esto, dejaron penetrar
en el bosque a la plebe y cada uno se apoderó de lo que quiso. Otro día, Probo hizo soltar
de una vez en el anfiteatro a cien leones de largas crines. El fragor de sus rugidos parecía
el tronar de la tormenta. Se les dio muerte por la espalda a todos estos leones y, mientras
morían, no dieron el buen espectáculo que se esperaba de ellos, ya que no tenían ese ímpetu
que tienen cuando salen de sus jaulas. A muchos de ellos, que no querían avanzar, se
les mató con flechas. Salieron también cien leopardos de Libia, cien leopardos sirios, cien
leonas juntamente con cien osos. Parece ser que el espectáculo de todas aquellas fieras fue
más imponente que agradable." Otras fiestas eran más complicadas aún. El poeta Calpurnio
describe una fiesta dada por Nerón, en la que el suelo se abrió y de los abismos salió
un bosque maravilloso con árboles resplandecientes por el oro y surtidores olorosos, poblado
de fieras de lejanos países. En los juegos que organizó Septimio Severo, en el año
202, la palestra se transformó en pocos momentos en un barco gigantesco, que inmediatamente
se desencuadernó, quedando sobre la arena 700 fieras, leones, panteras, osos,
bisontes y avestruces, que fueron sacrificados en los 7 días que duró la fiesta.
A los condenados a las fieras frecuentemente se les ataba a un carro, que se llevaba
a donde los animales se encontraban; otras veces se les obligaba a ir a su encuentro azotándolos
por las espaldas, según se ve en el mosaico de Zliten. También se les colgaba de
un madero, como a Blandina, cristiana, que en Lyon, en el año 177, fue condenada a las
fieras, o se les ataba a un puente o tablado, como a Saturo, mártir cristiano africano del
año 203. Las actas de los mártires —los cristianos fueron frecuentemente condenados a
las fieras— nos informan de algunas particularidades, como de que los condenados eran
flagelados antes, como se hizo con la citada Blandina o con los mártires de Tiro, en
época de Diocleciano a principios del s. IV, y de que cuando se les echaba a toros bravos,
iban envueltos en redes, como Perpetua y Felicitas, compañeras de Saturo.
La actitud de los intelectuales fue ambigua ante estas degollinas de hombres y fieras
organizadas para divertir al populacho. Varrón, a finales de la República, escribió la
siguiente frase condenatoria de tales juegos: "¿No sois unos bárbaros, los que echáis los
criminales a las fieras?" Cicerón, el gran orador, contemporáneo del escritor anterior,
también fue contrario a este espectáculo: "¿Qué placer puede representar para una persona
culta ver como un hombre débil es despedazado por una fiera fuerte y gigantesca o
como un hermosísimo animal es atravesado por una jabalina?" Séneca manifestó repetidas
veces su repulsa ante estas matanzas. El cristianismo se opuso a ellas por boca de
algunos de sus mejores representantes, como san Juan Crisóstomo en el s. IV y Salviano
de Marsella, en el siglo siguiente; en cambio, los poetas Marcial y Estacio, en tiempo de
Domiciano, alaban estos espectáculos.
Las cacerías de fieras en los anfiteatros sirvieron también a la medicina. Galeno escribe
que muchos médicos presenciaron la autopsia de un elefante gigantesco y del
cuerpo de estos animales sacrificados se obtenían medicinas. También sirvieron a los
artistas para copiar fieras del natural. El famoso escultor Pasiteles, de finales de la República,
estuvo a punto de ser despedazado por una pantera escapada de una jaula,
mientras modelaba un león.
En los anfiteatros romanos presenciaban los espectadores otros tipos de
diversiones, como las pantomimas y las naumaquias, éstas últimas no siempre celebradas
en ellos. En las pantomimas los actores eran generalmente criminales,
condenados a muerte, entrenados para estos tipos de espectáculos. Los actores solían
salir a la arena vestidos con túnicas bordadas en oro, con mantos de púrpura y coronados
con coronas doradas. De pronto, los vestidos se inflamaban y los delincuentes
morían abrasados. El populacho romano había bautizado a semejantes mortíferos vestidos
con el nombre de "túnica molesta". Otras veces, como a los cristianos, a quienes
Nerón en el año 64 echó la culpa del incendio de Roma, se les embadurnaba de resina y
de pez y ardiendo se convertían en auténticas antorchas humanas, que iluminaban la
noche; a otros condenados, vestidos de pieles, se les arrojaba a los perros para que
los descuartizasen. Los escritores de época imperial han conservado datos sobre estas
pantomimas que a nosotros se nos antojan espeluznantes, pero que hacían las delicias de
los espectadores de los circos. Muchas veces las pantomimas ponían en escenas hechos
famosos de la Historia Romana o mitos. Nuestro poeta Marcial, que también pintó los espectáculos
de la capital del Imperio, vio a un criminal disfrazado de Mucio Escévola, con
una mano colocada sobre el fuego, hasta que éste se la abrasó toda. Se representó también
en el anfiteatro la crucifixión del bandolero Laureolo, que fue desgarrado por las fieras. El
poeta bilbilitano describe con un realismo impresionante el suplicio: la carne le caía a
pedazos. En otra pantomima un condenado representaba a Orfeo, el héroe mitológico,
que con su música amansaba a las fieras. Aparecía en un paraje campestre, rodeado de
toda clase de fieras, de pronto le dejaron caer, y fue despedazado por un oso. Tertuliano,
que como todos los cristianos, fue muy contrario a este tipo de espectáculos sangrantes,
en época de la Dinastía Severiana (193-235), alude a diversos mitos puestos en escena,
como la castración de Atis; otro condenado llevaba los atributos de Hércules, y como el
semidiós en el Eta, fue abrasado vivo. El apologista cristiano escribe que había gente
que se prestaba voluntariamente a recorrer cierta distancia con los vestidos ardiendo.
No todas las pantomimas acababan trágicamente. También se representaban mitos
obscenos y alegres, como el rapto de Europa por el toro.
A veces la arena se inundaba de agua y se convertía en un lago, donde se celebraban
combates navales. Conocemos una serie de naumaquías gracias a los historiadores
Tácito y Suetonio. La más antigua conocida data del año 46 a. C. La organizó Julio César
con motivo de los juegos triunfales que celebraron ese año su triunfo sobre los enemigos.
El dictador mandó hacer en el Campo de Marte un gran lago artificial, donde se
enfrentaron una flota tiria y otra egipcia. Participaron 1.000 soldados y 2.000 remeros
en cada flota; los barcos eran de dos, tres y cuatro remos. En el año 2 el emperador Augusto,
para festejar la consagración del templo de Marte Ultor, organizó una gran naumaquía
celebrada en un lago artificial; este lago medía 533 metros de largo y 357 de
ancho. Combatieron 30 naves grandes de los atenienses y de los persas, mas un número
mayor de pequeños barcos. El número de participantes fue de 3.000 combatientes, sin
contar los remeros.
El emperador Claudio en el año 52 organizó un gran simulacro de combate naval,
para celebrar la terminación de las obras que unían el lago Fucino, mediante un canal,
con el río Liris. En el combate celebrado en el lago participaron 19.000 combatientes,
repartidos en dos flotas, siciliana y rodia. Las orillas del lago, al decir de Tácito, estaban
llenas de balsas para impedir que el numeroso público, que se apiñaba en las orillas, se
cayera al agua. Las balsas estaban ocupadas por destacamentos de los cohortes pretorias,
que eran la guardia personal del emperador. El propio emperador Claudio, acompañado
de la emperatriz Agripina, presidió el espectáculo.
Nerón en el año 57 o 58 convirtió la arena del anfiteatro levantado por él en el
Campo de Marte en un gigantesco lago, donde se exhibieron toda clase de peces y
monstruos marinos, y se reprodujo un encuentro naval entre persas y griegos, que recordaba
los de las Guerras Médicas. Después se vació el lago y sobre la arena lucharon los
gladiadores y se simuló un combate terrestre. En el año 64 el mismo emperador en el
mismo lugar organizó por segunda vez una naumaquía, seguida, como la primera, de un
combate de gladiadores y después vino un fastuoso festín organizado por Tigelino.
El emperador Tito organizó en el año 80 unas fiestas que duraron 100 días y no podían
faltar en ellas los espectáculos acuáticos. En el primer día sobre una tarima de madera
que cubría el lago organizó unos combates de gladiadores y un acoso de fieras, el
segundo día una carrera de carros y el tercero un simulacro de batalla naval entre atenienses
y siracusanos, que recordaban los tenidos con ocasión del ataque de Atenas a
Siracusa, durante la Guerra del Peloponeso, 415-413 a.C.
El emperador Domiciano intentó eclipsar las fiestas acuáticas organizadas por su hermano,
hizo construir un nuevo y grandioso lago artificial y organizó un gigantesco combate
naval. Durante esta representación cayó una gran tormenta sobre los espectadores,
pero no se les permitió abandonar sus puestos, lo que motivó que muchos enfermasen.
La Historia Augusta, obra de finales del s. IV, da noticia de otra naumaquía, celebrada
por el emperador Filipo el Árabe, con ocasión de festejar el milenario de la fundación
de Roma. No se conocen detalles.
Los emperadores romanos fueron muy pródigos en organizar toda esta clase de espectáculos
para distraer al populacho de Roma. Dión Casio ya cayó en la cuenta de que
el pueblo se entretenía con ellos y no pensaba en política, ni en los verdaderos problemas
de la vida.

dilluns, 19 de desembre del 2011

Los 12 trabajos de Hércules

1er trabajo. Matar al León de Nemea

El león había estado aterrorizando los alrededores de Nemea, y tenía una piel tan gruesa que resultaba impenetrable a las armas.
La morada del animal tenía dos entradas: Heracles lo azuzó hasta que el animal penetró en ella, taponó una de las entradas y acorralándolo por la otra lo atrapó y estranguló metiéndole un brazo por la garganta hasta asfixiarle.




2º trabajo. Matar a la Hidra de Lerna

Tras llegar a la ciénaga cercana al lago Lerna, Heracles cubrió su boca y nariz con una tela para protegerse de su aliento venenoso y disparó flechas en llamas a su refugio (la fuente de Amimone) para obligarle a salir. Entonces se enfrentó a ella con una hoz; tras cortar cada una de sus cabezas Heracles descubrió que le crecían dos nuevas cabezas.
Advirtiendo que no podría derrotar a la Hidra de esta forma, Heracles pidió ayuda a su sobrino Yolao. Éste tuvo la idea de usar una tea ardiendo para quemar el muñón del cuello tras cada decapitación. Heracles cortó todas las cabezas y Yolao quemó los cuellos abiertos, matando así a la Hidra. Heracles tomó entonces su única cabeza inmortal y la enterró bajo una gran roca en el camino sagrado entre Lerna y Eleia y mojó sus flechas en la sangre venenosa de la Hidra, completando así su segundo trabajo.


3er trabajo. Capturar viva a la Cierva de Cerinia
 
Heracles debía capturar a la cierva para llevarla viva a Micenas y entregarla a Euristeo. La cierva de Cerinia, tenía pezuñas de bronce y cornamenta de oro, estaba consagrada a Artemisa ya que era una de las cinco ciervas que la diosa había intentado capturar para engancharlas a su carro y había sido la única que había logrado escapar. Pero la cierva era muy veloz y no le fue fácil atraparla, por lo que la persiguió día y noche sin descanso hasta el país de los Hiperbóleos. Allí la capturó mientras ésta tomaba agua y la llevó a Euristeo. Heracles, era consciente de que si derramaba una sola gota de sangre de la cierva de Cerinia tendría que dar explicaciones con su consiguiente castigo. Aprovechando que la cierva estaba bebiendo, Heracles le atravesó las dos patas por la piel utilizando una flecha que hizo pasar entre el tendón y el hueso, sin llegar a derramar su sangre. Una vez inmovilizada, la apresó y la llevó a Micenas.




4º trabajo. Capturar vivo al Jabalí de Erimanto

En el camino hacia Erimanto, Heracles hizo una parada para visitar a su amigo el centauro Folo, quien en memoria de tiempos lejanos compartió con él su comida y su vino. Pero los otros centauros, al oler el vino que estaba especialmente reservado para ellos se enfurecieron de tal manera que atacaron a Heracles, quien primero los rechazó y luego con sus flechas envenenadas mató a varios de ellos mientras los demás se retiraban. Mientras Heracles enterraba a sus víctimas, su amigo Folo sacó una de las flechas de Heracles y la examinó asombrado de que algo tan pequeño pudiese dar muerte a criaturas tan formidables, pero con tan mala suerte que la flecha se le cayó hiriéndolo en un pie y matándolo. Heracles lo enterró al pie de la montaña que tomó su nombre. Retomando el trabajo que tenía que finalizar, Heracles encontró al jabalí y persiguiéndole durante varias horas, lo fue acorralando a una zona cubierta de nieve donde saltó sobre su lomo atándolo con unas cadenas proporcionadas por Atenea después, llevándoselo a Micenas sobre sus hombros. Cazar a esta enorme criatura fue el cuarto trabajo de los doce que Euristeo mandó realizar a Heracles.



5º trabajo. Limpiar los establos de Augías

Por designio de los dioses el ganado de Augías no sufría de enfermedades, por lo que logró poseer el mayor rebaño de todo el país. Doce toros que le había regalado su padre Helios defendían al resto de la manada, haciendo que el ganado de Augías tampoco sufriera bajas por las fieras de los alrededores. Eran conocidos sus establos, que nunca habían sido limpiados hasta que lo hizo Heracles en un solo día en cumplimiento de su quinto trabajo. Euristeo le encargó esta extraña misión con el fin de humillarle y ridiculizarle, pues tal era la cantidad de excrementos acumulados en los establos que era prácticamente imposible limpiarlos en un sólo día. Así el gran Heracles, vencedor de terribles monstruos y hazañas heroicas, caería humillado ante una tarea tan denigrante. Pero el astuto héroe cumplió su trabajo abriendo un canal que atravesaba los establos y desviando por él el cauce de los ríos Alfeo y Peneo, que arrastraron toda la suciedad.
Augías montó entonces en cólera, pues había prometido a Heracles regalarle una parte de su ganado si realizaba la misión en un sólo día. Se negó a cumplir su promesa alegando que el trabajo lo habían realizado los ríos, y cuando el testimonio de su hijo Fileo convenció a los jueces para que le dieran la razón a Heracles, Augías le desterró del reino. Euristeo por su parte tampoco consideró el trabajo como uno de los diez, ya que Heracles había sido contratado por Augias.








6º trabajo. Acabar con los Pájaros del Estínfalo

Los pájaros del Estinfalo eran unas aves que tenían picos, alas y garras de bronce y cuyos excrementos venenosos arruinaban los cultivos. Poblaban la región y el bosque alrededor del lago Estínfalo. Euristeo comandó entonces a Heracles que acabase con la amenaza de dichas aves, como parte de Los doce trabajos de Heracles, ya que en ocasiones atacaban al ganado o a la población. Heracles se dirigió al Estínfalo, y ahí se encontró desolado pues la misión era especialmente difícil de completar: las aves eran demasiadas para sus flechas y su legendaria fuerza no le servía de nada.
Entonces apareció Atenea y le socorrió dándole un cascabel (o una campana) de bronce y le mandó a que lo tocara desde una colina elevada, al hacerlo las aves asustadas emprendieron vuelo y nunca más se les volvió a ver en el bosque y el lago. Muchas de ellas fueron derribadas por las flechas de Heracles y las que consiguieron escapar huyeron hacia la isla de Ares en el Mar Negro donde fueron encontradas años después por los Argonautas. Cuando Heracles volvió con Euristeo, este se hallaba en su refugio debido a que varios de los pájaros de bronce volaban alrededor de su palacio, al ver esto Heracles sonó su cascabel y los pájaros se alejaron de ahí.











7º trabajo. Capturar vivo al Toro de Creta


El rey cretense Minos había prometido a Posidón sacrificar en su honor un hermoso toro. Minos incumplió su promesa y Posidón, como venganza, volvió loco al animal e hizo que Pasífae, esposa de Minos, se aparease con él, concibiendo al Minotauro. El toro, que arrojaba llamas por la boca, recorría la isla destrozándolo todo a su paso.
Euristeo ordenó a Heracles que capturase al toro. Tras una ardua lucha, Heracles doblegó al monstruo y lo llevó vivo a Micenas, donde Euristeo quiso consagrarlo a Hera, quien rechazó el regalo. El toro fue puesto en libertad.














8º trabajo. Capturar a las Yeguas de Diomedes

El octavo de los doce trabajos de Heracles consistía en capturar a las cuatro Yeguas de Diomedes, que comían carne humana. Éste las tenía atadas con cadenas y las alimentaba con la carne de sus inocentes huéspedes. Heracles partió con un grupo de voluntarios, consiguiendo arrebatárselas a Diomedes, que furioso fue con su ejército a matar a Heracles, pero él lo mató arrojando el cuerpo de éste aún con vida a sus yeguas y su ejército huyó. Tras devorarlo, las yeguas se volvieron tan mansas que el héroe las pudo atar al carro de Diomedes y se las llevó a Micenas, donde fueron regaladas a Hera. Durante la lucha, las yeguas devoraron a Abdero, amigo de Heracles, quien había quedado encargado en custodiarles, entonces Heracles fundó en su honor la ciudad de Abdera.Se dice que las yeguas murieron en el monte olimpo devoradas por las fieras y las alimañas.





9º trabajo. Conseguir el cinturón de Hipólita

Hipólita, reina de las amazonas, llevaba un cinturón regalo de Ares, el dios de la guerra. Euristeo quiso regalar este cinturón a su hija Admete, e impuso a Heracles la tarea de conseguirlo.
Los amigos de Heracles se unieron a él en su aventura para ayudarlo a vencer al poderoso ejército de las amazonas. Embarcaron hacia Escitia, región próxima al Mar Negro, y desembarcaron en el puerto de Temiscira, donde Hipólita fue a visitarlos. Sintiéndose atraída por el musculoso cuerpo de Heracles, Hipólita le ofreció el cinturón como prenda de amor. Mientras tanto Hera, disfrazada de amazona, había difundido el rumor de que los extranjeros planeaban raptar a Hipólita; las amazonas, encolerizadas, atacaron la nave de los griegos. Heracles, sospechando una traición, mató a Hipólita y le arrebató el cinturón; tras una dura batalla en la que Heracles dio muerte a todas las jefas amazonas obligó a huir a su ejército.










10º trabajo. Robar el ganado de Gerión

Gerión era un monstruoso gigante alado. Estaba formado por tres cuerpos humanos completos unidos por la cintura. Era invencible en la batalla, pues con sus seis brazos blandía tres espadas y tres dagas al mismo tiempo y, desde el aire, utilizaba un arco con uno de sus cuerpos mientras blandía una lanza con otro. Sus tres cabezas le hacían además dueño de una gran sabiduría. Era dueño de un perro de dos cabezas llamado Ortro, que era el hermano de Cerbero, y de una espléndida cabaña de ganado que era guardado por Ortro y por un pastor llamado Euritión. 
Heracles mató a Gerión y sus dos perros, cuando después de una de sus misiones éste le robó su rebaño de vacas rojas y bueyes. Gerión fue en busca de venganza, pero cuando sobrevolaba a Heracles, éste, oculto, le disparó una flecha envenenada con la sangre de la Hidra que atravesó sus tres cuerpos.


 
11º trabajo. Robar las manzanas del jardín de las Hespérides

Las Hespérides eran las ninfas que cuidaban un maravilloso jardín en un lejano rincón del occidente.
El Jardín de las Hespérides es el huerto de Hera en el oeste, donde un único árbol o bien toda una arboleda daban manzanas doradas que proporcionaban la inmortalidad. Como no confiaba en ellas, Hera también dejó en el jardín un dragón de cien cabezas llamado Ladrón que nunca dormía, como custodio añadido.
El undécimo trabajo fue robar las manzanas del jardín de las hespérides. Para ello Heracles capturó primero a Nereo, el dios del mar que cambiaba de forma, para averiguar dónde estaba situado el jardín.
Llegando finalmente al jardín de las hespérides, Heracles engañó a Atlas para que recuperase algunas manzanas de oro ofreciéndose a sujetar el cielo mientras iba a buscarlas (en esta historia Atlas podría tomarlas pues sería el padre de las hespérides). Al volver con las manzanas, Atlas decidió no aceptar la devolución de los cielos, y dijo que él mismo llevaría las manzanas a Euristeo, pero Heracles le engañó de nuevo pidiéndole que sujetase el cielo un momento para que pudiera ponerse su capa como almohadilla sobre los hombros, a lo que éste accedió. Entonces Heracles tomó las manzanas y se marchó.




12º trabajo. Atrapar al Can Cerbero

Cerbero era el perro de Hades, un monstruo de tres cabezas con una serpiente en lugar de cola.
Cerbero guardaba la puerta del Hades (el inframundo griego) y aseguraba que los muertos no salieran y que los vivos no pudieran entrar.
El último de los doce trabajos de Heracles fue capturar a Cerbero. Viajó primero a Eleusis para ser iniciado en los misterios eleusinos y aprender así cómo entrar y salir vivo del Hades, y de paso para absolverse a sí mismo de la culpa por haber matado a sus hijos. Encontró la entrada al inframundo en Tanaerum. Atenea y Hermes le ayudaron a traspasar la entrada a la ida y a la vuelta. Gracias a la insistencia de Hermes y a su propio aspecto fiero, Caronte le llevó en su barca a través del Aqueronte.
Mientras estaba en el inframundo, Heracles liberó a Teseo, pero la tierra tembló cuando intentó liberar a Pirítoo, por lo que tuvo que dejarlo atrás. Ambos habían sido encarcelados por Hades, quien los había sujetado mágicamente a un banco cuando intentaron secuestrar a Perséfone. Dicha magia era tan fuerte que cuando Heracles tiró de Teseo para liberarlo, parte de los muslos de éste quedaron pegados al banco, lo que explicaría por qué sus descendientes tenían muslos notablemente delgados.
Cuando Heracles pidió el perro Cerbero a Hades éste le dio permiso para llevárselo si conseguía dominarlo sin emplear armas. Tras un prolongado forcejeo con Cerbero logró vencerlo y se lo llevó a Micenas, y tras presentarlo ante Euristeo lo devolvió a Hades.








dijous, 15 de desembre del 2011

Orfeo y Eurídice

 Orfeo estaba desposado con la Ninfa Eurídice, de la que estaba profundamente enamorado.
Un día que ella estaba paseando por la orilla de un río, se encontró con el pastor Aristeo. Cautivado por su belleza, Aristeo se enamoró de ella y la persiguió por el campo.
Eurídice trató de escapar, pero mientras corría tropezó con una serpiente, que le mordió el pie con su letal veneno, depositando en ella la semilla de la muerte. Abatido por su pérdida, Orfeo decidió viajar a los infiernos (de los que ningún mortal habría retornado jamás), para lograr que le fuera devuelta su esposa.
A Perséfone, reina del mundo subterráneo, le conmovió tanto su pena, que accedió a su petición a cambio de que no mirarse a Eurídice en el camino de vuelta a la luz. Pero a medida que se acercba el final de su viaje, Orfeo, no pudo evitar mirar hacia atrás para comprobar que su amada seguía junto a él. Al mirar se desvaneció ante su ojos y la perdió para siempre. Orfeo nunca se recuperó y vivió con ese sufrimiento el resto de sus días.




Cuentan las leyendas que, en la época en que dioses y seres fabulosos poblaban la tierra, vivía en Grecia un joven llamado Orfeo, que solía entonar hermosísimos cantos acompañado por su lira. Su música era tan hermosa que, cuando sonaba, las fieras del bosque se acercaban a lamerle los pies y hasta las turbulentas aguas de los ríos se desviaban de su cauce para poder escuchar aquellos sones maravillosos.
                Un día en que Orfeo se encontraba en el corazón del bosque tañendo su lira, descubrió entre las ramas de un lejano arbusto a una joven ninfa que, medio oculta, escuchaba embelesada. Orfeo dejó a un lado su lira y se acercó a contemplar a aquel ser cuya hermosura y discreción no eran igualadas por ningún otro.
    - Hermosa ninfa de los bosques –dijo Orfeo-, si mi música es de tu agrado, abandona tu escondite y acércate a escuchar lo que mi humilde lira tiene que decirte.
    La joven ninfa, llamada Eurídice, dudó unos segundos, pero finalmente se acercó a Orfeo y se sentó junto a él. Entonces Orfeo compuso para ella la más bella canción de amor que se había oído nunca en aquellos bosques. Y pocos días después se celebraban en aquel mismo lugar las bodas entre Orfeo y Eurídice.
    La felicidad y el amor llenaron los días de la joven pareja. Pero los hados, que todo lo truecan, vinieron a cruzarse en su camino. Y una mañana en que Eurídice paseaba por un verde prado, una serpiente vino a morder el delicado talón de la ninfa depositando en él la semilla de la muerte. Así fue como Eurídice murió apenas unos meses después de haber celebrado sus bodas.
    Al enterarse de la muerte de su amada, Orfeo cayó presa de la desesperación. Lleno de dolor decidió descender a las profundidades infernales para suplicar que permitieran a Eurídice volver a la vida.
    Aunque el camino a los infiernos era largo y estaba lleno de dificultades, Orfeo consiguió llegar hasta el borde de la laguna Estigia, cuyas aguas separan el reino de la luz del reino de las tinieblas. Allí entonó un canto tan triste y tan melodioso que conmovió al mismísimo Carón, el barquero encargado de transportar las almas de los difuntos hasta la otra orilla de la laguna.
    Orfeo atravesó en la barca de Carón las aguas que ningún ser vivo puede cruzar. Y una vez en el reino de las tinieblas, se presentó ante Plutón, dios de las profundidades infernales y, acompañado de su lira, pronunció estas palabras:
    - ¡Oh, señor de las tinieblas! Héme aquí, en vuestros dominios, para suplicaros que resucitéis a mi esposa Eurídice y me permitáis llevarla conmigo. Yo os prometo que cuando nuestra vida termine, volveremos para siempre a este lugar.
    La música y las palabras de Orfeo eran tan conmovedoras que consiguieron paralizar las penas de los castigados a sufrir eternamente. Y lograron también ablandar el corazón de Plutón, quien, por un instante, sintió que sus ojos se le humedecían.
    - Joven Orfeo –dijo Plutón-, hasta aquí habían llegado noticias de la excelencia de tu música; pero nunca hasta tu llegada se habían escuchado en este lugar sones tan turbadores como los que se desprenden de tu lira. Por eso, te concedo el don que solicitas, aunque con una condición.
    - ¡Oh, poderoso Plutón! –exclamó Orfeo-. Haré cualquier cosa que me pidáis con tal de recuperar a mi amadísima esposa.
    - Pues bien –continuó Plutón-, tu adorada Eurídice seguirá tus pasos hasta que hayáis abandonado el reino de las tinieblas. Sólo entonces podrás mirarla. Si intentas verla antes de atravesar la laguna Estigia, la perderás para siempre.
    - Así se hará –aseguró el músico.
    Y Orfeo inició el camino de vuelta hacia el mundo de la luz. Durante largo tiempo Orfeo caminó por sombríos senderos y oscuros caminos habitados por la penumbra. En sus oídos retumbaba el silencio. Ni el más leve ruido delataba la proximidad de su amada. Y en su cabeza resonaban las palabras de Plutón: “Si intentas verla antes de atravesar la laguna de Estigia, la perderás para siempre”.
    Por fin, Orfeo divisó la laguna. Allí estaba Carón con su barca y, al otro lado, la vida y la felicidad en compañía de Eurídice. ¿O acaso Eurídice no estaba allí y sólo se trataba de un sueño?. Orfeo dudó por un momento y, lleno de impaciencia, giró la cabeza para comprobar si Eurídice le seguía. Y en ese mismo momento vio como su amada se convertía en una columna de humo que él trató inútilmente de apresar entre sus brazos mientras gritaba preso de la desesperación:
    - Eurídice, Eurídice...
         Orfeo lloró y suplicó perdón a los dioses por su falta de confianza, pero sólo el silencio respondió a sus súplicas. Y, según cuentan las leyendas, Orfeo, triste y lleno de dolor, se retiró a un monte donde pasó el resto de su vida sin más compañía que su lira y las fieras que se acercaban a escuchar los melancólicos cantos compuestos en recuerdo de su amada.



diumenge, 4 de desembre del 2011

El acueducto de Segovia sigue siendo un enigma para los historiadores y los arqueólogos.Es, sin duda, la obra de ingeniería más artística y monumental de la historia romana. Es una obra inmensa, importantísima y sin embargo no se tiene noticia de que aquí hubiera población romana importante. Tampoco se ponen de acuerdo los historiadores sobre la fecha de su construcción. Unos aseguran que fue en tiempos de Augusto, el primer emperador de Roma desde el 27 adC al 14 d.C.), y otros dicen que de tiempos del emperador Claudio (41-54 d.C.). Se ha mantenido en activo a través de los siglos y quizás por eso haya llegado al tiempo presente en perfecto estado. 



Año de construcción: Entre finales del Siglo I y principios del Siglo II D.C.

El historiador e investigador húngaro Géza Alföldy recibió ayer la Medalla de Honor de IE Universidad en reconocimiento a su trayectoria profesional y de forma muy directa al trabajo que sobre la cartela del Acueducto de Segovia realizó en 1992, que ha contribuido a desvelar secretos del origen del monumento romano y a procurar su mejor conservación.

Tras investigar cuidadosamente los agujeros donde debían estar las letras de bronce de la inscripción Alfóldy anunció su descubrimiento: Trajano no ordenó hacer el acueducto, sólo mandó repararlo. Los agujeros, a más de 20 metros del suelo nunca se habían fotografiado en detalle, pero gracias a la subvención del Instituto Arqueológico Alemán de Madrid ahora se ha hecho por primera vez y con ese material trabajó Alfóldy. 
El esfuerzo valió la pena, se descubrieron agujeros que antes no se tenían documentados, mientras otros resultaron ser sólo sombras. Se distinguieron las marcas dejadas por las tenazas que movían los sillares y concluyeron que las letras medían entre 32 y 35 cm de altura por unos 5 cm deancho. Con esto se hicieron plantillas de las letras y se empezó a intentar encajarlas. 













Transcripción:
IMP*NERVAE*TRAIANI*CAES*AUG*GERM*P*M*TR*P*Il*COS*ll*PATRIS

PATRIAE IUSSU
P*NUMMIUS*NUMM1ANUS*ET*P*FAB1US*TAURUS*IIV~R*MUNIC*FL*SEGOVIENSIUM*AQUAM
 RESTITUERUNT.

Traduccción:
Por orden del Emperador Nerva Trajano César Augusto Germánico,
Pontífice Máximo, en su 20 Potestad Tribunicia, cónsul dos veces, Padre de
la Patria, Publio Nummio Nummiano y Publio Fabio Tauro, dumviros del
municipio Flavio de los segovianos, reconstruyeron el acueducto.
Ahora bien queda en suspenso el problema de la construcción del
Acueducto. 

 Lectura explicada:
Imp(eratoris) Nervae Traiani Caes(aris) Aug(usti) Germ(anici), P(ontifex) M(aximus), Tr(ibunicia) P(otestate) II, Co(n)s(ulis) II, Patris Patriae
iussu  P(ublius) Nummius Nummianus et P(ublius) Fabius Taurus lí vir
munic(ipii) FI(avii) Segoviensium aquam / restituerunt

dilluns, 28 de novembre del 2011

Atenas

Ágora:

Ágora es un término por el que se designaba en la Antigua Grecia a la plaza pública de las ciudades-estado griegas (polis).
Era un espacio abierto, centro del comercio (mercado), de la cultura y la política de la vida social de los griegos. Estaba normalmente rodeada por los edificios privados y públicos más importantes, como las stoas (pórticos columnados), pritaneos (oficinas administrativas), Bouleterión (edificio para las reuniones de la boulé) y balaneia (baños).




Teseion:
El Hefestión o templo de Hefesto y de Atenea Ergané o Teseion (en griego Θησείον) es un templo dórico períptero, situado en el noroeste del ágora de Atenas, en lo alto de la colina llamada Colonos Agoreo. Desde el siglo VII hasta 1834, fue un iglesia cristiana.No se ha hallado ningún resto de un edificio anterior y no se trata, por tanto, de una reconstrucción de uno posterior a las destrucciones persas ocasionadas en Atenas durante las Guerras Médicas.
El templo da testimonio de una particular riqueza de ornamentos esculpidos. Conserva la techumbre  a dos aguas con un frontón que ya no contiene ningún ornamento. Es hexástilo y sus columnas de orden dórico.



Areópago:
El Areópago o ‘colina de Ares’, era un monte situado al oeste de la Acrópolis de Atenas, sede del Consejo que allí se reunía. Inicio: 480 a.C. – Fin: 425 d.C.
Según la leyenda, se llamaba así porque Ares había sido juzgado por los dioses y exonerado de ser ajusticiado por dar muerte a Halirrotio, hijo de Poseidón, que había violado a la hija de Ares, Alcipe. Por otra parte, y también según la leyenda, allí fue juzgado Orestes por el asesinato de su madre Clitemnestra.

 
 
 
Bouleterion: 
El bouleuterión es el edificio donde se reunía la boulé, el consejo, en las ciudades de la Antigua Grecia. En función del nombre específico de esta institución en las diferentes ciudades, podía llevar otro nombre: por ejemplo, sinedrión en Mesene o gerontikón en Nisa.
 
 
 
 
 
 
Estoas: 
El término estoa  hace referencia, en la arquitectura clásica, a una de las construcciones más sencillas: un espacio arquitectónico de planta rectangular alargada cubierto (un pórtico), conformado mediante una sucesión de columnas (pilares o soportes), y muros laterales; solía formar parte de espacios públicos, como plazas, gimnasios y jardines. Normalmente se encontraba en el ágora.
Como espacio público, protegido del sol y la lluvia, servía para entablar relaciones y, a veces, establecer puestos de comercio.


dimarts, 15 de novembre del 2011

Atenas

Acrópolis: La acrópolis era, literalmente, la ciudad alta y estaba presente en la mayoría de las ciudades griegas, con una doble función: defensiva y como sede de los principales lugares de culto. La de Atenas está situada sobre una cima, que se alza 156 metros sobre el nivel de mar. También es conocida como Cecropia en honor del legendario hombre-serpiente, Cécrope el primer rey ateniense.





Propileos:


Los Propileos eran la gran entrada a la Acrópolis de Atenas. Fueron construidos a partir del año 437 a.C. por el arquitecto  Mnesicles en un terreno accidentado y sobre las ruinas de los propileos arcaicos que fueron destruidos en el año 480 a.C. en el incendio ocasionado por los persas. Las seis columnas de la entrada son  dóricas, igual las de la fachada delantera como las seis de la parte posterior. Está construido con mármol pentélico, consta de un vestíbulo de 24 x 18 metros. En el interior, un muro con cinco puertas lo divide en dos partes; la occidental, más grande, tiene dos hileras de tres columnas jónicas que forman tres naves.





Atenea Niké:




Al lado sur de los Propileos se encuentra el templo de Atenea Niké (Atenea victoriosa) o Niké Aptera (Victoria sin alas). La construcción encargada al arquitecto Calícrates data del año 421 y el  410 c.C. Este monumento emplazado en la entrada de la Acrópolis quería simbolizar que, una vez sin alas, la diosa no se movería de Atenas.




Erectéion: 

Situado en la Acrópolis de Atenas, el Erecteión es un templo griego erigido en el lado norte de la Acrópolis en honor a Atenea Polias, Poseidón y Erecteo, rey mítico de la ciudad. De orden jónico, áptero, atribuido al arquitecto Filocles es uno de los más bellos monumentos arquitectónicos griegos. Está hecho de mármol  pentélico. Su construcción se inició en 421 a.C. y se concluyó en 406 a.C. Su nombre, que significa «el que sacude la Tierra», designa el sobrenombre ático de Poseidón.





Partenón:

Pericles confió la dirección de las obras de la Acrópolis al escultor Fidias. Ictino y Calícrates fueron los arquitectos del Partenón, sobre los cimientos de otro antiguo templo de grandes proporciones, denominado Prepartenón o Hecatompedón, del que existen pocos datos seguros y que había sido destruido por los persas. La construcción se alargó durante quince años, del 477 a.C. al 432 a.C.
Es un templo de orden dórico, que fue proyectado con ligeras correcciones con la finalidad de contrarrestar los efectos ópticos de la perspectiva, es decir, todas las líneas aparentemente rectas en realidad se esculpieron ligeramente curvas, para obtener más armonía.